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Analía Ceci: sobrevivir para transformar | Libus Conecta

Hay testimonios que conmueven por lo que narran y otros por lo que provocan. La historia de Analía Ceci reúne ambas dimensiones: el estremecedor relato de una de las sobrevivientes de la explosión de Calle Salta 2141, en Rosario, y la profunda transformación personal y social que emprendió después.

El día que cambió todo

La explosión de Salta 2141 no solo destruyó un edificio. Desorganizó vidas enteras. El relato de los sobrevivientes aún mantiene una carga emocional difícil de dimensionar.

De la supervivencia a la acción

En medio del duelo colectivo y personal, Analía decidió canalizar su energía en algo que pudiera generar bienestar y herramientas para otros.

El nacimiento de la Fundación Eureka

Su recorrido la llevó a fundar la Fundación Educativa Eureka, un espacio que promueve la educación emocional, la crianza positiva y la construcción de entornos empáticos.

Educación emocional: una deuda pendiente

Analía sostiene que la educación emocional no es un complemento, sino una dimensión central de la vida social.

Una voz que inspira

Su historia invita a reflexionar sobre la importancia de la empatía, la prevención y la responsabilidad colectiva.

Episodio completo de Libus Conecta

Hablar de seguridad en el trabajo suele llevarnos rápidamente a procedimientos, normativas, equipos de protección personal, indicadores o auditorías. Sin embargo, quienes trabajan desde dentro de las organizaciones saben que ese es apenas el plano superficial. La verdadera arquitectura de la seguridad —la que sostiene o derrumba cualquier sistema, por más sofisticado que sea— se define mucho antes, en un espacio intangible: la cultura.

En esa frontera entre lo humano y lo organizacional trabaja Natalia Di Paolo, psicóloga especializada en Recursos Humanos, con más de dieciséis años de trayectoria en desarrollo organizacional, gestión del talento y análisis de dinámicas internas. Su mirada aborda la seguridad desde un ángulo todavía poco explorado: la construcción emocional, cognitiva y relacional que atraviesa a cada equipo de trabajo.

En su paso por Libus Conecta – Historias que Protegen, Natalia desarrolla un concepto que desafía paradigmas tradicionales: no existe seguridad sin una cultura que la habilite, y esa cultura se construye —o se desmorona— en las pequeñas conductas cotidianas, esos “micro gestos” que rara vez aparecen en un procedimiento pero que sí definen los resultados.

La cultura segura: un proceso, no un estado

Una de las afirmaciones que más resuena de Natalia es tajante:
“Las culturas no es algo que se cambie ni fomente de la noche a la mañana”.

Para quienes trabajan en ambientes operativos, pretender una transformación cultural instantánea es desconocer cómo funcionan los grupos humanos. Natalia lo explica con precisión psicológica: las culturas son sistemas de creencias compartidas, reforzadas por el tiempo, la repetición, las historias internas, los liderazgos y los aprendizajes acumulados. Nada de eso se modifica con un único programa, ni con una capacitación aislada, ni con una campaña eventual.

La construcción de una cultura segura implica intervenir en la raíz de los comportamientos: los valores que se practican (no solo los que se declaran), las prioridades reales del negocio, el tipo de conversaciones que se habilitan, la forma de liderar, de corregir, de reconocer, de acompañar.

“Son transformaciones más radicales, más internas”, afirma. Por eso sostiene que la búsqueda de una cultura óptima de seguridad es una carrera de fondo, no un sprint motivacional.
Y enfatiza algo clave:
nunca se alcanza un punto final.
La seguridad es una disciplina donde relajarse tiene consecuencias. Creer que “ya está” es el primer paso hacia la desatención y el deterioro.

“Aunque la realidad es que uno nunca puede descansar en creer que la alcanzó, porque corre el riesgo de relajar el sistema”, señala. Allí está el corazón del enfoque psicológico: lo que no se sostiene, se pierde.

La seguridad como derecho: una mirada ética y profesional

Uno de los ejes más potentes del relato de Natalia aparece cuando reflexiona sobre el sentido profundo de la prevención:
“Ninguna persona debería morir en ocasión de su trabajo”.

No es solo una declaración ética. Es una síntesis del propósito de toda la disciplina. Detrás de los protocolos, los EPP y las matrices de riesgos, está la vida de personas que cada día salen de su casa para trabajar con la expectativa legítima de volver. Cuando esa expectativa se quiebra, fracasa no solo un sistema técnico, sino también un sistema humano.

Natalia introduce aquí una crítica constructiva:
“A los técnicos en higiene y seguridad les falta formación humana”.

Lo dice desde la experiencia acompañando empresas que, pese a tener excelentes profesionales, ven limitado su impacto por la falta de habilidades blandas: escucha, empatía, comprensión de las dinámicas grupales, abordaje emocional, capacidad de influencia, gestión de conversaciones difíciles.

En su visión, prevenir no es únicamente evaluar riesgos: es interpretar por qué una persona actúa como actúa, qué la lleva a omitir un paso, a normalizar un desvío o a ignorar una señal de alarma.

Aquí introduce una frase clave desde la psicología organizacional:
“Si yo no veo cuáles son tus razones, no las puedo cambiar”.
No se puede modificar un comportamiento sin comprender qué lo sostiene.

La importancia del factor humano: olvidos, cansancio y realidad cotidiana

Uno de los puntos más impactantes de su análisis es la relación entre la calidad de vida de los trabajadores y la ocurrencia de accidentes. “Nuestra calidad de vida no es la misma que era hace un tiempo atrás”, advierte. La pandemia, las crisis económicas, la inestabilidad laboral, la sobrecarga operativa y el estrés cotidiano redefinieron la forma en que las personas llegan a sus puestos.

Contrario a lo que suele creerse, muchos incidentes no se originan en falta de conocimientos, sino en las fallas naturales del funcionamiento humano.
“La mayoría de los accidentes tienen que ver con lapsus u olvidos”.

Pequeños errores cognitivos, muchas veces asociados al cansancio extremo:
“El 90% de los entrevistados dormían entre 3 y 4 horas por día”, comparte Natalia al referirse a investigaciones sobre hábitos de descanso en equipos operativos.

Ese nivel de agotamiento degrada habilidades básicas: atención, memoria de trabajo, reflejos, toma de decisiones, percepción del riesgo. Ninguna cultura de seguridad puede sostenerse si las condiciones estructurales deterioran la capacidad de los trabajadores para actuar de manera segura.

Aquí vuelve a aparecer uno de los pilares de su propuesta: la seguridad requiere un enfoque interdisciplinario donde psicólogos, líderes de equipo, profesionales de medicina laboral y expertos en higiene trabajen de forma articulada.

“¿Cómo ningún psicólogo trabaja en prevención?”, se pregunta, marcando la deuda histórica que existe en integrar la mirada humana a los sistemas preventivos.

Escuchar al que hace: la inteligencia del trabajo real

Natalia introduce un concepto que, aunque simple, es transformador:
“Nadie sabe tanto del trabajo como la persona que mete la mano”.

Es una defensa contundente de la expertise operativa.
Los procedimientos son necesarios, pero la realidad del trabajo —la que define si un paso es viable, si una maniobra es segura, si un equipo funciona como debería— está en manos del trabajador que está ahí, en el terreno.

Esa mirada permite detectar una de las fallas más frecuentes en las organizaciones: diseñar la seguridad desde el escritorio, lejos del contexto real donde los riesgos aparecen. De allí la importancia del diálogo constante entre quienes planifican y quienes ejecutan.

Para Natalia, una cultura segura no se construye imponiendo reglas, sino construyéndolas junto a las personas. Allí se logra el compromiso verdadero, la apropiación del sistema y la sostenibilidad de las conductas seguras.

Cultura, bienestar y prevención: un enfoque que integra la vida laboral y personal

En la entrevista profundiza también sobre el impacto que tienen las dinámicas laborales en el bienestar general.
No habla de felicidad como un estado idealizado, sino de algo más tangible:
“La felicidad por sí misma no existe; lo que sí existe es el estado de bienestar”.

Ese bienestar depende de múltiples factores: equilibrio emocional, espacio para la vida personal, condiciones laborales adecuadas, vínculos de confianza dentro de los equipos y un liderazgo saludable.

 

La seguridad —entendida desde su mirada— es parte esencial de ese ecosistema. Una persona que se siente segura, valorada y escuchada trabaja de manera más consciente, presta mayor atención a su entorno y actúa con responsabilidad colectiva.

El liderazgo como motor de la transformación

Para Natalia, los líderes tienen un rol central. No porque sean quienes “ordenan”, sino porque son quienes habilitan o bloquean conversaciones, definen prioridades reales y modelan comportamientos.

Una cultura segura nace del ejemplo.
Si un líder valora la seguridad, la escucha y el bienestar, el equipo replica esa conducta.
Si un líder minimiza riesgos, normaliza desvíos o trivializa el cansancio, ningún procedimiento logrará revertir esa tendencia.

Por eso propone formar líderes con sensibilidad humana, capaces de leer emociones, administrar presiones y acompañar procesos de cambio cultural sostenidos.

Transformar para proteger: una misión colectiva

La experiencia de Natalia Di Paolo aporta una dimensión indispensable a la prevención: muestra que la seguridad deja de ser un indicador para convertirse en una responsabilidad compartida.
No es una tarea exclusiva de los profesionales de higiene. Es una práctica transversal que involucra a toda la organización.

Desde su mirada, construir una cultura segura requiere:

  • Escucha activa y profunda.
  • Comprensión del trabajo real.
  • Integración de la psicología y el comportamiento humano al sistema preventivo.
  • Líderes formados no solo técnicamente, sino emocionalmente.
  • Respeto por las condiciones de vida de los trabajadores.
  • Conciencia de que la seguridad nunca está “ganada”.

En última instancia, su mensaje es claro:
la seguridad es el resultado de cómo vivimos, trabajamos y nos relacionamos dentro de las organizaciones.
Cuidar a las personas no es un proceso técnico: es un acto profundamente humano.

Mira la entrevista completa en Libus Conecta

La entrevista completa con Natalia Di Paolo invita a reflexionar sobre como construir culturas laborales seguras desde lo humano.

Es una conversación que visibiliza la verdadera arquitectura de la seguridad —la que sostiene o derrumba cualquier sistema, por más sofisticado que sea— se define mucho antes, en un espacio intangible: la cultura.